Llevaba ocho meses con las gafas desajustadas, prácticamente flotando libres sobre mi cara, a punto de caer. Sabía que necesitaba ajustarlas pero había evadido la diligencia con el desgreño intencional autodestructivo que casi que me define. Las pocas veces que estuve cerca de la óptica algo (una fuerza) me llevaba en cualquier otra dirección, como si el procedimiento (a la larga trivial) de entrar y pedir un ajuste de las gafas fuera un martirio inaceptable, incluso cuando sabía que contribuiría de inmediato a mi tranquilidad (el estado de las gafas era una fuente regular de ansiedad, claro). La dependiente me llevó a un escritorio donde un señor agarró mis gafas y las moldeó con cuidado después de revisar, sosteniéndolas sobre a mi cara, cuál era el problema. La reparación no tomó más de un par de minutos. Antes de devolverme las gafas las limpio con un golpe de líquido pulverizado seguido de un pañuelito. Estiré las manos para recibirlas pero ignoró el gesto: las puso él personalmente con firmeza (como si dudara de mi capacidad para hacerlo), se aseguró de que se sostuvieran en su lugar, asintió cansado y se fue sin decir nada más. Sentí como si hubiera dejado de existir.