El domingo fuimos al supermercado y de camino paramos en una cafetería colorida del floreciente pequeño barrio indio. Un hombre en la cafetería nos preguntó si hablábamos portugués. Le dije que hablábamos español, español de Colombia. Ah, el mejor del mundo, exclamó. Eso dicen, le respondí.

Se llamaba David. Tiene unos cuarenta y tres años. Llegó a Toronto hace dos días después de vivir unos años en California. Aunque nació en Montreal, cuando sus papás se divorciaron fue enviado por su mamá a un colegio internado en Gales, así que habla con acento inglés de persona de bien. Me contó que adora Latinoamérica y que cuando tenía diecisiete años hizo una peregrinación hasta Machu Pichu desde Bogotá durante los años duros de Sendero Luminoso. Está convencido de que no fue secuestrado de milagro. Durante el viaje aprendió un poco de español de supervivencia pero cuando intentó practicarlo conmigo lo sentí oxidado. Mi familia es originalmente de España, me explicó. Nos expulsaron hace cinco siglos.

En su próximo viaje a Latinoamérica quiere conocer Chile. De Chile pasamos a hablar obviamente de campos de concentración y soldados alemanes que estaban asignados a los campos y que terminaron viviendo en Chile y Argentina. Me confesó que aunque los nazis mataron a setenta parientes suyos él no sentía rencor. Es un sentimiento que no le interesa cargar. No sabían lo que hacían, me explicó. Los comparó con las muchachos gringos que van a Afganistán.

Le pregunté qué lo traía de vuelta a su país de nacimiento.

Me contó que vivió algunos años en California trabajando en el cine como escritor y también como editor. Su visa de trabajo había expirado hace más de un año. Estaba hasta hace unos días en Inglaterra de vacaciones visitando a sus parientes y allá decidió que tal vez no era buena idea volver a California (temía problemas a la entrada) así que compró un pasaje a Toronto con el propósito de instalarse acá. Estaba en el proceso de importar sus pertenencias y su carro desde California. Le pregunté si había opciones de trabajo para él en la ciudad. Me explicó que aunque había varios estudios de cine no muy lejos del barrio (donde planea vivir — todavía no tiene apartamento — el domingo visitaría dos opciones en el área) él en realidad vivía de su trabajo como curandero. Qué tipo de curación hace, le pregunté. Flores, vibraciones de las esencias, energía cuántica, me dijo. Aprendió con maestros en Brasil y Australia.

Parecía un hombre profundamente solo y feliz.