—Dígame su nombre, apellido y documento de identidad para el registro, por favor.

—Tulio Molina, mi señora, cédula de ciudadanía 56.432.194 de Tunja.

—¿Es consciente, señor Molina, que para esta declaración está bajo gravedad de juramento?

Es una mujer morada, asfixiada por la miseria de ese tribunal adjunto a la cárcel de menores. Tiene un vestido morado horrible que apropiadamente decora con un par de aretes gigantescos de fantasía, también morados, y un peinado hacia atrás con un moño morado, por supuesto, y apretado, que fuerza toda la piel de su cara a mantener una posición fija, una sola expresión, una sola mirada, grave, feroz, hambrienta. Tulio es su desayuno.

—Sí—, responde Tulio, —sí lo sé.

—Siendo así, ¿puede relatarnos entonces lo ocurrido el jueves pasado, 17 de septiembre del presente año?

Claro que Tulio puede. También puede hablarles de los días anteriores, de los días que seguirán y de los días cuando viva en una celda cuatro metros por tres, encerrado para siempre. Claro que Tulio se acuerda, ¿cómo no se va a acordar? El 17 de septiembre fue el día que Tulio decidió matar a su cuñado para quedarse con la casa, para saldar sus deudas, para que las niñas tuvieran las bicicletas que querían y Agustín, su hijo mayor, pudiera ir a la universidad. También para poderle comprar a Olga, su hermana, el collar que le había prometido y de paso liberarla de ese hijueputa que le pegaba. Para las deudas, principalmente, pero también para todo lo demás.