Me pasa que voy en la bicicleta por la calle del Rey y cruzo una avenida con el semáforo y las sacrosantas leyes del tránsito a mi favor y mientras cruzo la avenida a buen paso, con el dedo pulgar enganchado en el timbre y la mano derecha tensionada sobre el freno en caso de que TODO salga MAL, pienso que TODO efectivamente va a salir MUY MAL y un carro o tal vez un camión de bomberos se materializará a toda velocidad para estamparme justicieramente contra el éter (en el mejor de los casos) u otro objeto más sólido (en el peor). Al terminar de cruzar la avenida agradezco con alivio el perdón concedido y reconfirmo que tal vez todavía me falte algo por hacer en este cuerpo, pero la certeza sólo me alcanza hasta la siguiente intersección, donde encaro de nuevo mi muerte cierta e imaginaria con la misma resignación con la que enfrento a diario todo lo que me sepa a vida.