Por lo general cuando intento practicar el ejercicio básico de meditación que consiste en acompañar la respiración termino casi sin notarlo controlándola para que adopte un ritmo falsamente natural que facilite mi conteo y reduzca así la probabilidad de desvarío. En lugar de permitir que las inhalaciones y exhalaciones se sucedan de acuerdo a lo que pide el cuerpo, las regulo para que se adapten a mis expectativas y es en esa regulación y no en la respiración donde concentro mi atención. Inicialmente procuraba combatir esa pulsión pues la consideraba contraria al propósito de la tarea, pero pronto noté que resistirla la intensificaba, así que ahora sólo me alejo y la miro ser sin confrontarla ni cuestionarla, con curiosidad, como una rareza fisiológica más que no me pertenece, apenas me alberga, otra que también se irá cuando deje de respirar.