Ninguno de los personajes de Niebla al mediodía me llega a preocupar. Los conozco y veo pasar indiferente, sin ganas de verlos ni seguirlos, y lo que termina sosteniendo mi atención sobre la lectura resulta ser lo que no pasa, lo que solo es; la descripción de los paisajes que González arma para escenificar la historia, por ejemplo: las casas, los detalles de sus construcciones, sus jardines, las montañas que las rodean, la lluvia densa de la niebla, la humedad olorosa de la tierra y también la vista (en contraste) seca hacia el río Hudson congelado desde un balcón en Nueva York donde una profesora de literatura recuenta la relación de su hermano ermitaño con una poeta desaparecida que interpela desde ultratumba para corroborar (tal vez con demasiada insistencia) que su fama de idiota no era producto del rencor. Entonces leo la novela con el deseo de que no se esforzara en comprometerme y tensionarme con un crimen y unas relaciones que ni me intrigan ni me conmueven sino que más bien se quedara callada y me paseara por casas desiertas empotradas en las montañas, sin voces ni tramas, y de cuando en cuando si acaso me llevara a caminar por un cafetal donde cada hoja, cada bicho y cada veta de musgo reciba su reconocimiento justo y detallado. Eso me gustaría más.