Por allá hacia la página ciento cincuenta de At Night We Walk In Circles, cuando ya estoy más que comprometido con lo que quiera que va a pasar (nada claro en ese punto), se me mete en la cabeza que la historia que leo (la tragedia con tono documental íntimo de tres teatreros en una gira nostálgica por las sierras andinas de un país sudako cualquiera arrasado por el plomo y la miseria) tiene que ser verdad. Sé que no es verdad, al menos no literalmente, pero algo adentro se resiste a descreer. Tiene que ser verdad (tal y como es contada) porque quiero que sea verdad aunque no sé para qué ni en qué sentido me afecta (aunque lo hace). Tan es así que en algún momento hoy en el tranvía miro el libro de costado y noto franjas negras demarcando ciertas páginas (al final resultan ser los cambios entre parte y parte) y me ilusiono con la idea de que hacia la número trescientos voy a encontrar (giro dramático definitivo) una serie de fotos y notas escuetas, casi clínicas, algunas transplantadas de portada de periódico sangriento, que convertirán a estos engendros hechos de melancolía densa y olorosa en unos señores falsamente sonrientes que todavía andan por ahí igual o más confundidos que sus versiones de papel. Esta esperanza me aterra y alivia cíclicamente hasta que me estampo de pleno contra el desenlace brutal. Me deja aturdido para bien.