Me intriga la confianza que las personas tienen en sus pensamientos. Dicen que los sentimientos son primarios (como en primitivos), pero por alguna razón los pensamientos merecen un estatus superior. Supongo que esto está relacionado con la idea de que lo que quiera que emana el cerebro (los sentimientos vienen del vientre) es si no objetivo por lo menos racional. Esta, de paso, es la razón por la que es tan complicado darse cuenta de que uno está loco: la realidad es lo que el cerebro construye ante los estímulos que recibe. Cuando el cerebro falla la realidad que construye se adapta y es de repente, desde adentro, igualmente lógica y estructurada. El cerebro es un mago ante un espejo embelesado (y engañado) por sus propios trucos. Es práctico que sea así. Sirve para sobrevivir. Sería difícil llevar la vida bajo una duda constante en la solidez del pensamiento (o sea, en últimas, de la experiencia). Por otro lado suena absurdo que un sistema biológico tan complicado no falle regularmente. Y obviamente que falla: por eso uno termina a los veintitantos borracho en condiciones lamentables de rodillas en un baño ajeno llorando sin saber por qué. Pero tal vez pasa con mucha más frecuencia de la que el orgullo (o algo así) permitiría admitir. ¿Cuántos pensamientos son pensados (¿Qué quiere decir pensar?) y cuántos son mero ruido producido por desequilibrios químicos momentáneos o potenciales eléctricos alterados? (¿Y entre esos dos extremos qué más hay?) ¿Cuántas de las conclusiones internas tajantes que suenan tan obvias e inapelables merecen toda la resolución que con frecuencia originan?