Mientras espero en un semáforo (siempre en el semáforo) siento un olor familiar penetrante y delicioso que identifico como el característico de alguna de las varias queserías que frecuentaba en Lyon. Me ilusiono y alcanzo a imaginar el queso cremoso y gris sobre el pan y el sabor a (estado de) bienestar al morder. Todo eso imagino y añoro a través del olor antes de descubrir que proviene de un camión de la basura pestilente que me acaba de pasar. La repugnancia, confundida, tarda un rato en llegar.