Hace cinco años nos acostamos en la cama a llorar. A veces al tiempo y a veces por turnos. Esos llantos nocturnos duraron varios meses. Por un tiempo sentí que se volverían parte de lo que era la vida o que incluso se volverían la vida. Es un estado mental del que cuesta mucho salir porque cualquier consideración de dejarlo se siente como una traición al duelo y de paso al hijo muerto. Además qué sentido tiene nada después de eso. Lo único que se puede hacer es dejarse arrastrar por la tristeza hasta que tome una forma que permita llevarla sin asfixiarse. Es algo que pasa sin darse cuenta.