Durante los últimos años la academia y sus burocracias han promovido la idea de que pueden ser medidas y juzgadas por indicadores basados en números de artículos, patentes, acumulación de títulos y similares. Es la forma establecida para determinar quién merece respeto, ascenso o puesto. Recuerdo que en una discusión hace un par de años en este blog sobre el rumbo de la comunidad científica nacional un reluciente y joven investigador colombiano en Estados Unidos corrió a buscar mis exiguos números de publicaciones para ponerme en mi sitio por atrevido con la contundencia que merecía. Es una báscula que pocos cuestionan. Por eso los planes estatales de desarrollo científico se describen (con simpleza pasmosa) en números brutos de doctores y factores de impacto.

La pila de escándalos alrededor de Natalia Springer ilustra bien varias de las formas en las que estos méritos son tremendamente débiles como indicadores de aptitud. De cierta forma, Springer se apoyó en la fragilidad de ese sistema de acreditaciones para ascender y adquirir los contactos que necesitaba para establecer su empresa de confección de estudios vagos y pomposos de alto presupuesto. Eso sumado a un apellido correcto abre muchas puertas en las altas esferas. Springer es un producto natural de esa academia con complejo de competencia deportiva.

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Dibujo de Springer Von Schwarzenberg Consulting Services