Si te dicen que estoy muerto no les creas, no lo estoy. No estoy muerto ni quemado, sigo vivo aunque entubado. En camilla, en una pieza, sin sentido ni sentir.

Chupé frío allá en el monte por dos días y dos noches. Como en Viaje a las Estrellas fui hasta el cielo y renací.

Hace tiempo, antes de esto, conociste mi otra cara. Me temías, con razón, porque no podía reír. No te odiaba, te quería, pero no sabía decirlo. Te pegaba y maltrataba pa’tenerte junto a mí. Tenías miedo, claramente, por eso no me dejabas. Te advertí más de una vez “Si me dejas te morís”.

Acá afuera he aprendido que el amar no es ser temido. Es empeño, es cariño, es de dar y recibir. Un balazo es suficiente pa’poner en perspectiva todo eso que tenía: el sancocho, los masajes, las sonrisas, tu silencio. Por andar de malparido no aprecié tu compañía ni noté cuando esa noche, bien borracho sí que estaba, me metiste entre un costal con tu amigo el albañil.

Me arrastraron cuesta arriba hasta el palo de guayaba. Me colgaron de las patas y me cantaron la tabla. “O me dejas o te mato”, me dijiste resentida y después tu compañero sacó un fierro de una chuspa y me lo puso en la frente: “Responde, pues, hijueputa, antes de que me arrepienta”.

Acepté, no tenía opción. Te dije lo que pedías. Te prometí no volver. Te pedí perdón por ser. Acepté mi penitencia. Con un hierro me marcaste antes de dejarme ir.

Me alejé muy confundido, a pie descalzo y perdido. Caminé toda la noche sin saber pa’dónde ir. Cuando me quedé sin fuerza me senté junto a un cultivo. Por pendejo y sin pensar, me dejé caer dormido.

A patadas y con perros dos tipos me despertaron. Que ladrón, que drogadicto, que ratero, que rufián. Mil perdones les pedí, de rodillas les rogué, hasta que vieron la marca y asumieron su verdad. “¡Infectado!”, me gritaron. “¡A correr, catrehijueputa, o aquí te quemamos vivo!”. Salí pitado y llorando, me soltaron cuatro tiros. Del susto pegué un buen brinco y me fui por un barranco. Seguro me habría matado de no ser por ese cardo.

Me paré no sé ni como, todo sucio y aporreado. Tenía espinas en la espalda, la pierna, el culo y los pies. Me las saqué como pude y arranqué a correr de nuevo.

No te miento, pasé hambre, no distingo si es veneno. Caminé sin detenerme. Pensé en ti, en todo lo nuestro. Ese amor que me tuviste, nuestros primeros momentos, la tarde, tras el colegio, que te llevé de paseo. Te soy sincero, no entiendo qué viste de bueno en mí.

Caí profundo en un cambuche que armé en las ramas de un árbol. Me despertó ruido de tropa y el olor a polvorín.

El combate fue sangriento. Estaban muy asustados. Disparaban sin mirar, sólo por cumplir un mando. Cerré los ojos, recé, me encomendé al Padre Nuestro. Le dije “Padre, prometo: seré santo, seré bueno, me entregaré a tu servicio, dejaré el trago y las putas, te abriré mi corazón, te alabaré en las iglesias y cuidaré a los enfermos”.

Habría cumplido, lo juro, de no ser por el balazo. En una nalga me entró, me salió por media pierna. Para no pegar un grito casi me arranco la lengua. No supe ni qué pasó porque ahí quedé inconsciente. Solo bruma desde entonces. Ya no hay hambre ni deseo. Solo me queda el recuerdo de los besos que me diste, de tus manos, de tu cara, de tu llanto a media noche cuando llegaba con ganas y te hacía consentir.

Es la culpa de una vida entregada a la desgracia. Hice mi miseria tuya. Te envolví en mi autodesprecio. Te hice odiarme, lo merezco, lo quería para mí.

A veces creo que despierto, y en medio de la blancura veo sombras, me interrogan. No entiendo de qué me hablan, preguntan de dónde vengo, a qué unidad pertenezco, cuál es mi misión y rango y de qué es que estoy enfermo. Puede ser sueño, lo sé, puede que ya yo esté muerto. No respondo. Me hacen daño. Me arrancan uñas y dedos. Quiero hablarles y no puedo. Me hacen comer a la fuerza. Me ahogan y electrocutan. Pierdo por ratos el tiempo. Me sumerjo en el silencio y ahora desde aquí te veo.