Durante el colegio y la universidad fui casi siempre la primera persona en llegar al salón. No era algo que disfrutara. A veces ni siquiera quería estar ahí. Lo hacía por un sentido de la responsabilidad inculcado por mi abuela (o mi familia materna en general) que tenía en lo más alto de la escala a la puntualidad obtusa. La angustia de llegar tarde siempre ha sido más fuerte que yo, incluso a costa de esperas larguísimas una vez en el lugar convenido. Todavía lo sigo haciendo aunque en lo más hondo sé que no tiene sentido.