Llevo a Laia todos los días al colegio. Cuando hace buen tiempo vamos a pie. Ahora, con el frío y la nieve, tomamos el tranvía, que nos deja en minutos ahí al lado. Desde el paradero caminamos dos cuadras, entramos al edificio, subimos las escaleras cantando una canción, siempre la misma, y recorremos el corredor del segundo piso hasta su salón, el último a la izquierda. Una vez ahí la ayudo a quitarse su disfraz de hipotermonauta y organizo sus cosas en el casillero que le corresponde. Después salimos de la zona de casilleros y entramos al salón, donde me pide que la deje acompañarme hasta la puerta. Es parte del ritual. Ya en la puerta me pongo de rodillas y nos damos un abrazo firme y largo. Después ella cierra la puerta. No siempre es fácil. En ocasiones se despide al borde del llanto y la oigo llorar apenas cierra. Hoy, sin embargo, me abrazó, me dio un beso y cerró contenta, animada con el día por empezar. Pocas veces me da un beso. Estos son los mejores días.