Últimamente cada vez que me enfermo temo que será para siempre. Que la tos, o el dolor en el costado, o la molestia en la espalda, o este dolor de cabeza que tengo mientras escribo, harán parte de lo que soy de aquí hasta que me muera. O incluso serán la causa de mi muerte. Casi siempre alcanzo a reconciliarme con la idea antes de recuperarme. Tal vez con un par de años me acostumbre. No puede ser tan difícil. Ayer por ejemplo tenía un dolor de garganta delicioso que Laia importó del colegio y me tenía maldurmiendo desde la semana pasada. Hoy de madrugada me levanté y pensé que quizás debería aceptar su carácter crónico y adaptar mis días a su presencia aprovechando las madrugadas que me concedía. Ahora, al borde de la cama, no lo siento. Creo que ya se fue. De verdad no sé cuánto tiempo podría vivir con un dolor de garganta así. Tampoco sé qué habría hecho con todas esas madrugadas de vigilia dolorosa. Sospecho que muy poco.