Procuro llevar mis dolencias con la dignidad del eternamente agonizante. No siempre con éxito. Anoche, pese a acostarme victorioso, me volvió a despertar la garganta. Me levanté adolorido y resignado, convencido de que tal vez ya era hora, dispuesto a afrontar otro día más en el capitalismo, comprometido con mi papel humilde como infiltrado y beneficiario del gran esquema que explota, engaña y oprime. En realidad eran las tres y media. El capitalismo aún dormía. Leí este artículo sobre la muerte y la mentira. Pensé en todas las muertes que nunca aceptaré. Creo que hasta la mía me va a costar.