Los sábados en la piscina veo niños que nadan y papás y mamás cansados. Seguro yo también me veo así. La paternidad es una forma especializada de cansancio: autoinfligido, dulce y sostenido. Nada se siente demasiado intenso pero la acumulación sin tregua es extenuante. A medida que los niños crecen las oportunidades para el reposo cambian y a veces incluso se expanden, pero nunca (hasta donde vamos) llegan a ser suficientes. Por fortuna, la resistencia quizás gracias al instinto también se amplía, así que no hay colapsos. Supongo que en unos años las exigencias serán otras, más emocionales que físicas. Esas me asustan más.