Esta semana he estado pensando en el amor. O mejor, en lo que las personas entienden, pretenden o quieren decir cuando aseguran que sienten amor. Por ejemplo, cuando el acosador dice, tras ser agarrado con las manos en la verga, que su único delito es haberse enamorado. Supongo que el acosador sabe que lo que siente no es amor. Si dice amor es precisamente porque pretende ocultar su responsabilidad bajo un sentimiento noble. No es ni siquiera novedoso en su estrategia. El amor, en su misterio, es conveniente. Las consecuencias de permitirse amar son impredecibles. Es algo que la literatura ha explorado a fondo. Hay personas, dicen, que se vuelven locas de amor o desamor. La treta funciona: los comentaristas también se valen del amor para explicar y entender el abuso sistemático de un hombre poderoso sobre su subalterna. El hombre, en su debilidad, tiende a ser más víctima que beneficiario del amor. La mujer, en cambio, usa esa debilidad para obtener lo que desea. Es un sistema frágil ese del amor como mecanismo primitivo de justificación en juegos de dominación y propiedad. Prefiero el amor que es entrega, respaldo y compromiso, sin tanta exigencia. Tal vez convendría encontrarle otra palabra para que no se confunda con el amor de acosador.