A los treinta y tres años tuvimos un hijo que se murió. A veces Laia nos pregunta por él. Otras veces lo menciona en conversaciones. Lo ha visto en algunas fotos, por eso sabe de él. Algunos de los adultos a los que Laia les ha hablado de su hermano piensan que es una fantasía infantil, de pronto un muñeco, pero ella les insiste que es un niño de verdad y después me pregunta dónde está. Algún día tendremos que explicarle con claridad lo que pasó.