Hoy un amigo dijo algo que me gustó. Dijo que hay muchos (me incluyo) que se dedican a cuestionar el propósito de lo que hacen todo el tiempo y que ese reproche permanente les impide sentirse satisfechas con sus vidas; los llena de amarguras e intranquilidades. En contra de esa tendencia, mi amigo recomienda programar momentos de cuestionamiento cada seis meses o un año para evaluar la ruta y tomar decisiones (tan rotundas como sean necesarias), pero de resto, por fuera de esos momentos de duda existencial programada, mejor hacer lo que quiera que uno esté haciendo con la convicción y el gusto de que es justo lo que corresponde hacer, sin tantas preguntas ni miedos.