Visitamos un colegio donde los niños se mueven de salón a salón a su gusto de acuerdo a las actividades que les antojen. Es uno de los primeros colegios experimentales de la ciudad. Llevan inventándose su modelo y en la lucha para mantener su independencia y al tiempo sostener su carácter público desde principios de los setenta. Los profesores sugieren actividades y proyectos alrededor de temas elegidos por los niños por votación y de resto los niños tienen libertad sobre cómo quieren invertir su tiempo. Los temas de trabajo cambian cada tres meses. No hay calificaciones ni exámenes. Tampoco cursos como tal más allá de una división amplia y no muy estricta entre pequeños (4-7) y grandes (8-11). Cuando surgen conflictos se postulan comités de niños para resolverlos, con un maestro como facilitador. También hay asambleas regulares para discusiones más globales. Los niños aprenden a su ritmo y no hay exigencias de desempeño académico o logros programados. Cada cual descubre la lectura y la escritura a su manera y a su debido tiempo. Ellos eligen su camino. Se espera, también, que los papás visiten y se involucren en actividades. Cuando le he hablado a amigos canadienses del colegio con admiración me miran como si estuviera loco por querer que Laia estudie en un sitio así, sin reglas, sin orden y por fuera de los currículos. A mí me parece un colegio feliz. Se siente desestructurado, colororido y libre, en manos de los niños. Ojalá que tengamos suerte en el sorteo. Hay muy pocos cupos cada año.