Salimos al supermercado esta mañana después de hacer oficio, casi al mediodía. Compré pescado fresco para hacerlo guisado como le gustaba a mi abuela. Lo acompañamos con yuca y crema agria. Fue una caminata bajo un sol inusitadamente tibio, más de abril que de febrero. Laia nos acompañaba en su patineta; ya le perdió el miedo. En un punto de la caminata, en la mitad de un suspiro, sentí todo al tiempo, sentí el momento, podría decirse, y pensé en la suerte que tengo de estar con ellas, de vivir la vida buena que hemos armado y seguiremos armando, de la tranquilidad que disfrutamos. Somos afortunados.