Hoy a las nueve y media de la mañana en la esquina de Universidad y Rey, bajo la lluvia tenue, había un señor ejecutivo cuarentón boxeando contra el aire al tiempo que trotaba en su puesto, aprovechando la pausa obligatoria mientras el semáforo peatonal cambiaba de color. Sus vecinos de urgencia lo ignoraban: estaba solo contra sus fantasmas.