Anoche terminé en una fiesta en un edificio público abandonado cerca al lago para celebrar la llegada del año nuevo persa y la partida de nuestro amigo Steve Dee, quien decidió dejar el mundo material e instalarse en un monasterio. Dice que necesita encontrar algo, que tiene un vacío adentro, y allá pueden ayudarlo. La fiesta, en el mero borde de lo legal, con varios controles y protocolos para lograr ser admitido, resultó ser una comunidad amistosa y segura donde muchas personas se entregaban al baile colectivo e intenso con descansos ocasionales en una esquina de conversaciones psicotrópicas entre cojines y cobijas. Mientras los veía bailar parado en medio de la música me preguntaba cómo se verían afuera de día: qué máscaras usarían. De paso enumeré todas las mías.