Hay dos perspectivas antagónicas que se me vienen a la cabeza cuando pienso en Rob Ford, el infame exalcalde de Toronto recién fallecido. La primera es la idea optimista de que los cuatro años de alcaldía de Ford son la prueba de que unas instituciones bien construidas minimizan el impacto negativo que un gobernante, por adicto al bazuco y truhán que sea, pueda tener sobre la vida sus gobernados. La segunda, pesimista, es que esos cuatro años demuestran que las mismas instituciones antes mentadas conforman una bestia indomable configurada para actuar de acuerdo a una agenda (establecida en su mayor parte por el poder financiero) que nunca está en discusión y que no se puede alterar por medio de elecciones ni legislaciones. En algún punto medio entre esas dos visiones está la moraleja de la parábola, o una de las parábolas, de Rob Ford.

Aquí un artículo particularmente bueno sobre su impacto en la ciudad.