El viejo vecino chino abre la puerta de la casa para fumar a medio vestir, una media sí y la otra no. Se toma su tiempo. Fuma a caladas largas con movimientos lentos, recostado contra el marco, pero una vez se termina el pucho lanza la colilla con fuerza hacia la calle y cierra de un portazo rabioso. Me gustaría poder mostrarles la cara que hace justo antes de cerrar. Es la cara de un hombre que ya no vive en un mundo que le pertenezca, resignado a cederle el espacio no solo físico sino sobre todo moral a la generación que incluye a esos malagradecidos que cometió el error de engendrar; los mismos que le prohiben fumar en una casa cuya hipoteca probablemente todavía paga. La norma literaria prevalente sugiere reemplazar mi descripción (vaga) del sentimiento por una (precisa) de las facciones congeladas en el gesto más o menos dos segundos, pero para eso se requiere una atención a peculiaridades faciales y corporales que nunca me he tomado el trabajo de cultivar.