Al principio la adultez no es un estado del individuo sino un conflicto ocasional, un golpe súbito, que fuerza resignaciones silenciosas en todas las dimensiones del espectro de lo alcanzable. Cada tanto, una fragilidad esencial es puesta en evidencia de una forma tan brutal y categórica que la única respuesta posible es una sonrisa a medio emitir que abra la trocha hacia el convencimiento forzado de que tal vez nada es tan serio ni tan rotundo. Una paradoja: pese a los golpes, el resto del tiempo persiste no sé si idiotamente la ilusión de la juventud perenne y de un futuro propio y sabio donde todos estos pequeños golpes y derrotas tengan de repente valor o sentido o ambos a la vez de ser posible. Así nos salvamos, supongo, de la amargura.