Compramos un asador de carbón y hoy lo estrenamos con dos pedazos grandes de sobrebarriga y unas longanizas. No sé cuántos años llevaba con el sueño de poder hacer asados en la casa. En el apartamento en London no había espacio. Aquí tenemos un balcón grande donde cabe el asador. Costó trabajo arrancar el carbón pero valió la pena. Todo quedó deliciosamente cancerígeno. Sergio, que ya fue asimilado por el sistema, tiene un asador de gas cual sucio gringo. Mi abuela jamás habría aprobado esa infamia.