Algo que sugiere la biografía de Hitler escrita y dibujada por Mizuki es que al cierre de su, no sé ni cómo llamarla, ¿epopeya?, el tipo se quiebra. O mejor, es como si hubiera durado roto toda la vida pero solo al cierre, en las últimas semanas en ese búnker bajo Berlín, toda la mierda reprimida se le sale; lo que no quiere decir que se arrepienta o que renuncie a sus ideas, pero deja entrever otra faceta menos resuelta, más frágil. El resultado son una serie de incidentes pequeños pero dicientes: por ejemplo el último encuentro con Speer, donde este, tras aceptar que es imposible salvar a su ¿amigo? de su suicidio inminente, le confiesa que no cumplió sus órdenes de coordinar un reclutamiento masivo con el que Hitler pretendía ejecutar una última movida suicida bajo la teoría de que la muerte de todos los alemanes era una salida más digna que la derrota (la órden Nerón). Speer le explica que lo hizo para salvar algo de Alemania para las próximas generaciones y Hitler, en lugar de pegarle una vaciada como habría hecho en cualquier otra ocasión (aunque tal vez no con Speer), lo alaba y declara “magnífico”. No hay reclamo. O cuando Hitler acepta que Göring lo suceda y negocie la rendición pese a los reclamos de Goebels, que lo considera indigno e incapaz. O cuando Hitler, después de que Goebels le explica que lo acompañará hasta el final con su familia, le dice que su mujer y sus hijos deberían vivir. O cuando regala botellitas de veneno a sus colaboradores cercanos después de agradecerles sus servicios como una especie de gesto misericordioso ante el asalto inminente de las tropas soviéticas. El Hitler de Mizuki es un señor triste, errático y débil, de llanto fácil, atrapado en sus insatisfacciones y resentimientos. Probablemente muy pocas personas lo conocieron de verdad.

Hitler- Mizuki