Fenómenos como la calle del Bronx no son el producto de la criminalidad o las drogas sino de la exclusión y discriminación o indiferencia de la ciudad con las personas que por cualquier razón pierden la ruta prevista. Esos complejos laberínticos de bloques de casas interconectadas con acceso controlado por empalizadas de desperdicios son la forma como los expulsados de la ciudad arman espacios para vivir y articulan comunidades: son su casa, el único refugio que la ciudad (de mala gana) les concede. Afuera se exponen a la brutalidad de las autoridades que (en lugar de ofrecerles protección, apoyo y refugio) los tratan como peste y sólo les permiten pasear de noche para recoger y clasificar la basura de los acomodados. Debido a sus circunstancias y a la ausencia de alternativas compasivas, estas comunidades y espacios terminan bajo el control opresivo de grupos violentos que suplen sus necesidades a cambio de servicios varios y control sobre sus cuerpos (son propiedad del Señor Matanza), pero al desmontar esos grupos en operativos como el de ayer (o el de febrero de 2015) no se solucionan los problemas esenciales de los habitantes del Bronx, o sea los que los llevaron en primer lugar a vivir en las calles. Si acaso los agravan, pues derrumban de paso sus terriblemente frágiles pero cruciales redes de apoyo y los despojan de resguardo. Cuando se cuestionan operativos como el de ayer sus defensores primarios responden con disyuntivas imposibles tipo “¿Acaso debíamos permitir que prosperara impune la prostitución infantil?”, pero lo que se critica de los operativos es su miopía: su forma de tratar síntomas locales y superficiales (serios, seguro, pero superficiales) e ignorar con candidez, como si fuera inevitable, la situación (todavía más grave y global) que a la sazón genera esos síntomas, aquella que pronto permitirá que en ese lugar o en algún otro similar no muy lejos de ahí las mismas estructuras se reconfiguren, con los mismos expulsados, olvidados y despojados bajo la ley de nuevos proveedores y regentes tan o más violentos que los recién desmontados.

(Cosas que me pusieron a pensar Aleyda y Marcela con sus conversaciones en Twitter esta mañana.)