Esquinas como la de Sherbourne y Queen hay en todas partes. No tienen nada de especial. En ciudades grandes norteamericanas son casi reglamentarias. Cambian en tamaño y dinámicas de supervivencia, en grado de tolerancia institucional y exposición, en nivel de control de economías violentas, pero lo esencial persiste: comunidades de desplazados morales atrapadas en mezclas de problemas mentales, socioeconómicos y adicciones. Del otro lado del charco también se encuentran sin dificultad. Los marginados necesitan un lugar porque no dejan de existir por más que sean ignorados. Un sistema de flujos impulsados por juicios, abandonos y agresiones los conducen hasta ahí. Tal vez algunos de ellos tomaron malas decisiones pero no son esas decisiones las que los destrozan sino el trato subsecuente y las condenas que les limitan paulatinamente el rango de opciones hasta descarrilarlos del todo. Son débiles. No quieren rehabilitarse. Son casos perdidos. Son inadecuados. Son peligrosos para ellos y para quienes los rodean. No son de fiar. No ponen de su parte. Huelen mal. Por algo están ahí. Sobran excusas para repudiar. Todas tácitamente sugieren que su suerte es merecida. Les faltó la rectitud y entereza que nos sobra a los demás.