Si me descuido y permito que lo horrible me domine, ante el más ínfimo atisbo de riesgo no puedo dejar de pensar en todas las formas en las que la vida podría colapsar. Una voz interna me explica con fluidez y a detalle el desastre y proyecta imágenes para reforzar la realidad e inminencia de la predicción. Durante un trecho largo de la vida presté atención a esa voz y le concedí autoridad. Uno de sus trucos, quizás el mejor de ellos, consiste en hacerme sentir que sus conclusiones provienen de un proceso metódico y racional bajo mi control. Es pasmosamente convincente.