Fuimos al colegio por la tarde a participar en una jornada de actividades para mejorar sus instalaciones. Pintamos tableros y Mónica hizo algo de jardinería. Mientras tanto Laia y yo comimos bolis y parchamos bajo un árbol en el parque. Laia se comió unos cuarenta bolis en dos horas. El sol estaba espantoso pero el árbol nos salvó. Mónica no respetó al sol y terminó con la espalda a medio asar. Tuve una discusión intensa con un amigo de Laia, que llevaba tercamente los zapatos al revés, sobre si el pasto se puede comer o no (él decía que no, yo que sí) que terminó en cata de las diversas variedades disponibles en el prado a modo de demostración. Más tarde Laia, el amigo de Laia y yo nos acostamos en el pasto bajo el árbol y a través de las ramas y las hojas vimos, enfatizada por la luz intensa y el contraste del azul al fondo, una bandada de semillas apelusadas que revoloteaban sobre el árbol desesperadas y sin saber hacia dónde ir, igual que tantos jóvenes acomodados. Aproveché el momento para compartir con Laia y nuestro amigo mi opinión en breve sobre el estado general del mundo.

Ahora una foto del árbol:

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