Un hombre entró a un bar gay en Orlando, Florida, con un fusil y una pistola y mató a cincuenta personas. El asalto tenía un blanco preciso: una comunidad que ha sido discriminada y asediada por enamorarse (y vivir) por fuera del espectro permitido. En el trasfondo, un movimiento político amplio promueve solapadamente su aislamiento y exclusión al tiempo que condena la masacre. Durante los años ochenta y noventa esa exclusión se excusó como cuarentena. Muchos murieron abandonados y ocultos. Bastaba el desprecio: no necesitaron asesinos. Más recientemente justifican la discriminación con argumentos moralistas sobre valores, tradiciones, niños y familias. Tienen miedo. Saben que cada vez son menos y su extinción es segura. En pocos años expresar homofobia con orgullo será tan inaceptable como ser abiertamente racista. Hoy el asesino, para facilitar la estrategia mediática, resultó asociado con el demonio de turno, una organización ávida de muertos a su nombre. Esto les permite condenarlo sin que la contradicción sea obvia. Basta sostener el foco en su apariencia, perfil cultural, procedencia familiar y afinidades. También les permite aprovechar el asalto para reforzar los miedos que están en la base de su agenda y redoblar sus generalizaciones. Las víctimas pierden importancia. Desde esa perspectiva conveniente el denominador común de los muertos resulta ser un accidente: podrían ser bañistas en una playa, estudiantes en una biblioteca o jóvenes en un concierto. Es lo de menos: los bárbaros nos odian a todos por igual.