Una señora pasa frente a la casa y nos mira desde afuera. Camina despacio y no deja de mirarnos con molestia. Su pelo gris tupido me recuerda un gorro de invierno que alguna vez quise tener. Lleva la ropa descolorida de quien ya no tiene nada que ganar y un perro escaso que la sigue con disgusto mientras nos mira. Tal vez juzga nuestra falta orgullosa de cortinas. O mi desnudez expuesta en la mecedora desde donde escribo esto al tiempo que la miro con firmeza a juego. Compartimos el desprecio y el momento.