Cuando anuncien la llegada del fin del mundo iré adonde Laia esté (tal vez muy lejos) y me sentaré junto a ella y Mónica a esperarlo sea en la orilla de un mar, la ladera de un volcán o la cima de una montaña; donde quiera que se vea mejor llegar a los monstruos que nos convertirán en nada. Nos desvaneceremos en un abrazo. Cantaremos para despedirnos.