Quería esbozar un poema que se dejara leer. Sería un poema sencillo, a verso libre, de corrido. Que en las primeras tres frases sugiera su contenido. Mejor las primeras cuatro, que con tres tal vez no baste. O cinco a seis pa’extenderse sin cautela hasta el arrastre. Aunque ya llegado al sexto lo mismo da diez o quince. Que nadie me salga luego con que no me sé alargar. En últimas lo que me importa es terminar mi poema. Saberlo cerrar sin trucos, que se sienta natural. Y en el medio, mientras tanto, abarcar todos los temas; que nadie se sienta afuera; que sea en serio universal. Que el lector lo lea y sienta que le salió de las tripas, y no de un juego artificioso con carácter meta y tal. De pronto un día lo escriba. Será un poema excepcional. Ganará todos los premios y alguna copa mundial. Me llamarán de la China. Me invitarán a comer. Ofreceré una entrevista con cara de mosco muerto, los haré llorar a todos con mi historia tan humana de mis años en la calle consumiendo mi veneno y mi encuentro con el Cristo que me salvó de ese infierno. Nada es cierto, por supuesto, pero eso ellos no lo saben. Ellos quieren un poema salido de bien adentro. Ya lo dije: de las tripas; que los saque del sofá y los ponga entre la mierda como en realidad virtual. Mi poema los complace, por eso es tan popular.