He sido mala persona muchas veces. He hecho daño. En algunas ocasiones, pocas, lo he sido por voluntad propia, con absoluto control, con cabeza fría. Más frecuentemente lo he sido al dejarme llevar por pasiones o debilidades. Cuando eso pasa soy consciente del carácter negativo de mis actos pero los permito porque alguna emoción mal manejada me hace sentir que son apropiados. En ambos casos siento que la motivación más profunda es autodestructiva. No hay otra ganancia. Soy mala persona porque me desprecio y quiero que ese desprecio sea validado por otros. Así me sepulto entre la recriminación (ajena) y la culpa (propia).

Por otro lado no quiero ser una mala persona. Como sé que puedo serlo procuro estar atento a los indicios de mezquindad, resentimiento o cinismo que usualmente preceden mis peores momentos. No siempre los detecto a tiempo. Cuando lo logro me alejo de la situación conflictiva (ya sea con distancia o con silencio) y me doy tiempo para asentar las emociones, no me dejo impulsar por ellas. Al cabo de algunos días o semanas, cuando el sentimiento se ha difuminado, pienso en lo que quería decir o hacer e intento explorar alternativas, si alguna, para manejar lo que quiera que motivó la crisis sin caer en la destrucción o el menosprecio. A veces simplemente me alejo para siempre.