Un libro de Luis ganó un premio esta semana y mi amigo se volvió famoso de repente. Bromeábamos la semana pasada al respecto. Toda la situación, rabiosamente súbita, parecía salida de una de sus historias: el ya no tan joven joven-escritor-en-el-exilio recibe de sorpresa una invitación para viajar a su país de un día para otro a participar como finalista en un concurso por un libro que compilaba sus cuentos, el esfuerzo de una década que consideraba mayoritariamente perdido. En una historia de Luis esta invitación conduciría a una comedia de equivocaciones y malentendidos producidos por la habilidad natural del protagonista para desencajar en medios distintos a la soledad y la distancia a las que ya llevaba años acostumbrado. Al final el premio lo ganaría el finalista petulante chileno que a lo largo del cuento había demostrado ser un hombre desagradable pero simple (características en las que se regodea el protagonista para despreciarlo con intensidad siempre en aumento) que ofendía intensamente por miedo a ser expuesto como un fraude en cualquier pausa sin llenar y que mientras sostiene su cetro de ganador en el escenario deja entrever en su cara (a ojos del protagonista) el horror de confirmar todos sus temores ante un auditorio que lo tortura con aplausos y sonrisas que sabe que nunca serán sinceros.

Así, pero bien escritos y muy largos, son los cuentos de Luis. Son crueles y duros pero también son una burla a esa crueldad y dureza que sugieren. Aquí enlazo lo que escribí sobre este libro (o uno muy parecido a este) cuando se llamaba distinto, hace ya cinco años.