Y todo cae pero en cierta forma todo también perdura. Al fin y al cabo los señores atenuados que hoy entonan himnos triunfales son los mismos que han decidido quién es más, quién menos y qué importa desde siempre. Como me dijo Sergio esta mañana: esto es apenas un cambio de modales.

Pensaba hace un rato, durante la fila para el café, que hace algunas décadas surgió un movimiento ciudadano que resistió a esos señores y les aclaró que había límites. Ha surgido varias veces en diferentes momentos con diferentes grados de éxito. Este en particular fue provechoso y efectivo y produjo cambios sustanciales (aunque no totalmente satisfactorios) en la forma como las personas en este lado del mundo abordan ciertas diferencias. Algunos murieron en esa lucha. En su cenit fue un movimiento amplio que incluía no solo a los oprimidos sino a una fracción de los tradicionalmente privilegiados. Y supongo que mantener la inercia es difícil pero llegado un punto el movimiento se concentró en alcanzar lo que parecía un punto medio conciliatorio: un acuerdo resignado en el que las ideas viejas y los odios que las motivaban perduraban en la intimidad de sus anfitriones pero eran gradualmente desterradas de la conversación pública. Una vez ahí el movimiento se desvaneció casi por completo y volvió a ser un asunto que sólo concernía a los sistemáticamente oprimidos e ignorados (a través de desigualdades históricas que se asumían como naturales y por tanto inevitables). Tal vez el error del movimiento amplio fue creer que la pelea terminaba ahí. En ese silencio rencoroso había suficientes nutrientes para un retorno rabioso dadas las condiciones óptimas que un señor como Trump, con su total desprecio por la humanidad y dignidad de quienes considera sus inferiores, supo materializar aprovechando la ansiedad de atención de los medios idiotas (tan objetivos, tan neutrales, tan cautos) que usó libremente como megáfono.