Mientras caminaba por la enredadera de callejuelas y puentes en mi ruta a ciegas hacia la plaza San Marcos, convencido de que la geometría de la ciudad me guiaría (no me equivocaba), pensé varias veces que ese sería un buen lugar para desaparecer o incluso morir si alguna vez es necesario. Pensé también en mi soledad y mis concurrencias y cómo pierdo el balance cuando descuido unas u otra. En la ciudad de los canales, tan viva y artificiosa, me entrego al instinto de alejarme porque sé que amparado por sus límites nunca estaré demasiado lejos de nada pero desde esa distancia falsa, en el silencio de una intersección de callejones solitaria e irrepetible, alcanzo a entrever la dimensión de ese sueño del cosmos generoso que nos inventa y concede presencia. Sentado en San Marcos soy un pequeño cúmulo de asombro.