Ayer terminamos de leer Las brujas de Roald Dahl. Me gustó mucho el final. Al final, el niño protagonista y narrador, en una conversación con su abuela, habla de sus expectativas de vida ahora que será un ratón para siempre. Ambos reconocen que les quedan, a lo más, nueve años (los ratones normales viven tres; él, por ser un ratón-humano, vivirá un poco más). Pero esa no es una tragedia. Ambos lo ven como un reconocimiento de la importancia de aprovechar su compañía mutua y el tiempo que les queda. No hay tristeza ante esa perspectiva. El cierre, aunque enmarcado en esta conversación, resulta ser la promesa de una gran aventura. El presente siempre debería ser el inicio de una aventura.