De vez en cuando la vida me derrumba y recomponerme me toma tiempo y esfuerzo. Las grietas se acumulan lentamente y su percepción no es solo emocional sino física: en torno al abdomen y el pecho, con ocasionales ascensos hacia el cuello. Las grietas me debilitan. Comunicarme y entender a otras personas se vuelve un trabajo dispendioso y frustrante. Pierdo la paciencia y abandono la mayoría de las líneas de contacto. Casi siempre presencio el proceso con resignación: conozco los síntomas, sé cómo se desarrolla, procuro mantener claro que es temporal y que al cabo de algunas semanas recupero estructura, aunque nunca a niveles completamente satisfactorios. Mientras transcurre, mi prioridad es sostener las relaciones esenciales vivas y no caer en la tentación fácil de destruirlas porque momentáneamente se sienten muy pesadas para mí.