Ayer aceptamos que nuestro viejo y fiel televisor, el que compramos recién llegados a Canadá y con el que vimos tantas películas de gusto dudoso, ya no quiere vivir (solo prende ocasionalmente, sin razón alguna) y compramos un reemplazo que lo duplica en tamaño. Fue una decisión difícil. Nos va a tomar tiempo acostumbrarnos a todas sus inteligencias. Atrás quedaron los años cuando los televisores se resignaban a su condición con humildad. Ahora todos quieren ser algo más. Este a veces ni se deja apagar.