Al ejercer el olvido, la criatura atenta contra la estructura de su entorno, que pierde sentido gradualmente a medida que los mecanismos que preservan el rastro del tiempo (y sus cadenas de interpretaciones) entran en hibernación. Pronto, desacoplado, el medio circundante se desvanece en una nube de símbolos huérfanos y la criatura flota libre en un estado de presente permanente donde su voluntad gesta sin resistencia su propio simulacro de realidad.