En el libro que leo dice Simone Weil que cada ser humano tiene un destino eterno y que este destino eterno juega un papel, por lo pronto vago, en la determinación de nuestras obligaciones con los otros. La principal obligación que tenemos con los otros es el respeto. El respeto es una obligación constante y su violación, dentro del esquema moral de Weil, es inexcusable. Una forma sencilla de respeto que procuro practicar es reconocer a cada persona como individuo en lugar de una intersección de colectividades y tratarla desde esa posición (así sea artificiosa), desestimando sus membresías y afinidades puntuales y concentrándome en cómo se manifiesta a través de sus acciones y relaciones con sí misma y con otros. Otra, relacionada, es asumir que cada cual tiene una disposición similar para aprender y enseñar, y es nuestra responsabilidad promover el flujo e intercambio positivo de pensamientos y experiencias pues este ejercicio es esencial para irrigar el sustrato del mundo que compartimos: nos debemos mutuamente.