Una pizzería en la calle Queen con Pape asegura, en un tablerito en la acera junto a la entrada, ofrecer la mejor pizza de la ciudad. Desde afuera luce lúgubre, con una selección de pizzas tibias a medio vender tras un mostrador de vidrio y un par de muchachos aburridos junto a la caja. Hoy pensaba que llevo dos años leyendo al menos cada semana la promesa de esa pizza perfecta y todavía no me convence. En el fondo tengo la ilusión de que algún día finalmente me decida, compre una tajada de hawaiiana y resulte fabulosa. La ilusión y el miedo, ahora que lo escribo, ambos con igual intensidad.