En sus veinte tesis sobre Twitter, Eric Posner cae en una trampa. La trampa es creer que Twitter es aspirante a plaza en el mercado de los conocimientos. Supongo que Posner cae ahí porque esa es la perspectiva desde la que personas como él se acercan a Twitter, con la pretención de ser receptores e idealmente certificarse como emisores establecidos de saberes y comprensiones frente a la que parece una audiencia infinita hambienta de palabras. Visto así, Twitter es, sin duda, un medio fallido. Pero creo que Posner subestima a quienes participan en Twitter: los despacha como adictos rabiosos colgados del interelogio, ansiosos por un nuevo signo de aprobación en forma de resonancia o corazón que por alguna razón no se percatan de que el bullicio no les ofrece lo que Posner cree que buscan: información. Pero obviamente quienes persisten dentro del bullicio en su mayoría no buscan información sino contacto. El de Posner es un diagnóstico parcial concentrado en las patologías visibles de una federación de comunidades más rica y compleja (no lo culpo: yo también caí ahí alguna vez). Cuando Twitter funciona (y muchas veces funciona) es más relajo que intento de ágora. Solo así tiene sentido. Su servicio, si alguno, es la comunión a distancia alrededor de la comedia trágica de confusiones sin pausa en la que se ha convertido el mundo; una gradería de personas emocionadas, conmovidas, aturdidas, aterradas, jubilosas, anhelantes, esperanzadas, asistiendo con asombro al espectáculo más extraño e irrepetible de sus vidas. Que en medio de eso se difundan ideas es circunstancial; lo que se intercambia es más que nada es camaradería y compañía.