A estas alturas todavía hay quienes exigen neutralidad al periodismo y se escandalizan cuando un medio toma partido como si fuera una traición al oficio. Con el mismo tono y argumentos se presenta seguidamente al difuso centro político como la alternativa superior, ecuánime.

Robert Fisk dice que el periodismo debe ser neutral, sin sesgos y siempre estar del lado de los que sufren. La exigencia de neutralidad rotunda (la doctrina del fairness and balance que nos tiene con el señor naranja en el trono de Washington) evade con prurito antiséptico la exposición de conflictos y crea, en palabras de Fisk, “una versión verbal de la realidad virtual”.

En política la misma aspiración deviene en falta de compromiso, renuencia al conflicto, glorificaciones de la meritocracia y ensoñaciones de limpieza metodológica. Una posición usualmente estéril o al servicio de agendas más activas.