No sabe uno ni para dónde va ni en qué moto anda ni a quién va a matar por error a la vuelta cuando la orden llegue y no quede sino la opción de complacer al patrón antes de que en su furia alguien más reciba el designio que convierta mi deceso prematuro en motivo de complacencia y tal vez ascenso dentro de la jerarquía de los que suben hasta que caen porque nadie nunca es lo suficientemente fiel como para merecer la confianza que garantiza su vida eterna, ni siquiera los hijos, que ya por algo ha refundido varios en asaltos misteriosos de las que sale siempre vivo y hasta rejuvenecido, como si con la pérdida ganara la energía fresca del difunto.